Hay que educar.
¿Qué es educar?
Soy de la
opinión de que educar no es jugar, ni entretener, sino que consiste en
adquirir las destrezas, acumular conocimientos, despertar inquietudes
activas en el alumnado y muy importante: aprender formas de convivencia
que eviten el capricho del mal criado.
Cuando un
niño comete un acto de indisciplina en el colegio, donde no conoce del
todo a su profesor, pienso que es que en su casa está cansado de hacer
lo mismo, pero allí le sonríen o no le prestan atención.
No es lo
mismo la inserción que la reinserción, y creo que para reformar están
los reformatorios no los colegios. Cuando un alumno con su dañina y
perjudicial actitud en clase, priva a otros compañeros de su derecho a
la educación, está cometiendo un delito, y creo que tanto el docente
como la familia debe "hacer algo" para proteger a los alumnos que lo
hacen bien.
La realidad,
es que la cultura de los alumnos ha disminuido a niveles alarmantes,
convirtiéndose en alumnos poco trabajadores, que tienen más información
pero menos formación, por lo que son más incultos e inevitablemente, son
más inmaduros. Muchos padres argumentan, perjudicialmente para sus
hijos, que como lo tienen todo, no valoran el esfuerzo que cuestan las
cosas que valen la pena. Desde mi punto de vista, en educación lo que
más cuesta no es poner límites, sino mantenerlos con convencimiento.
¡No debemos tener miedo a estar bien educados!
Puedo
decir que la mejor prevención en educación, es la intervención temprana.
Muchos padres se quejan de que los niños no vienen con un manual bajo
el brazo.
A continuación propongo las siguientes reglas básicas que seguramente harán que, el camino que supone educar, sea mucho más sencillo:
Primero. Volumen y tono de conversación.
Conseguir que le hagan caso no es cuestión de hablar alto. El poder
está más en lo que se dice, en las consecuencias que conllevará no
hacerlo a la primera, en la coherencia y en ser muy disciplinado con las
rutinas. Si quiere que sus hijos le respeten, empiece por respetarles a
ellos, nadie quiere obedecer a alguien que no se muestra seguro y
relajado.
Segundo. No dé órdenes contradictorias.
Dígale lo primero que tiene que hacer, y cuando haya finalizado, lo
segundo. Si su hijo tiene edad para memorizar varias órdenes,
enuméreselas, dígale cuál es su prioridad, no espere a que él la sepa
porque el tiene las suyas propias.
Tercero. Imaginación. El juego genera un ambiente relajado en el que apetece más aprender y obedecer.
Cuarto. No quiera modificar en su hijo todo lo que le molesta de una vez.
Si se pasa el día diciéndole lo que hace mal, terminará por cargarse su
autoestima. Elija una conducta a modificar, y céntrese en ella, cuando
lo consiga, siga con otra.
Quinto. Cuando corrija o muestre su enfado con ellos, no los ridiculice,
ni haga juicios de valor. Si lo hace, terminarán por comportarse
conforme a las expectativas que se han puesto en ellos y les afectará a
la autoestima. Es mejor decir: “No me gusta ver tu cuarto desordenado;
por favor, guarda los juguetes en las cajas”, a decirles: “Eres un
guarro, qué asco de dormitorio”.
Sexto. Sea constante.
Aquello muy importante, basta con que lo argumente una vez, no busque
más razonamientos porque su hijo no los necesita. Simplemente busca
ganar tiempo para no hacer lo que tiene que hacer. Dígale: “Cuanto antes
empieces, antes podrás disfrutar de lo que más te gusta”. Negocie lo
que sea negociable y no sea precedente con lo que no lo es.
Séptimo. Paciencia y calma. Las personas que transmiten con paciencia son más creíbles y generan un ambiente más cálido y relajado.
Octavo. No se contradiga con su pareja.
Los niños tienen que saber que la filosofía y la escala de valores
parten de los dos. Si no, estarán chantajeando a uno y a otro,
fomentando el engaño para conseguir lo que quieren. Todo aquello en lo
que no estén de acuerdo, háblenlo en la intimidad y negocien.
Noveno. Nunca levantes los castigos. Es preferible aplazarlo pero que sea efectivo y lo cumpla, que imponer uno muy duro fruto de la ira y que luego desaparezca.
Décimo. Mejor que el castigo, es el refuerzo.
Significa prestar atención a lo que hace bien y decírselo. Si
continuamente centra la atención en lo que hace mal y le corrige y se
enfada, su hijo aprenderá que esta es la manera de llamar su atención.
Todo lo que se refuerza, se repite. Al niño le gusta que sus padres
estén orgullosos de él.
Recuerde lo más fundamental: Hasta
la adolescencia, no hay figuras más importantes que los padres, si
trata de educar en una dirección, pero se comporta en otra, será inútil.
Los hijos copian, imitan, son esponjas. Educar con acciones tiene mucho
más impacto que con palabras.
Fuente: periódico El País (http://elpais.com/elpais/2013/03/21/eps/1363892577_310225.htmll)


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